EL MEJOR REGALO

 

Mi madre nació un 27 de abril.

Así que por esas casualidades de la vida, se puso de parto el día de su cumpleaños.

 

Siempre dice que yo fui su mejor regalo aunque me retrasé. Yo naci a las 2 de la mañana del día 28. Después de horas de sufrimiento y contracciones, se ve que no tenía demasiada prisa por llegar a este mundo.

El parto fue extraño. Dicen que salí envuelta en fluidos amniótico, como si llevara un manto transparente.

El médico me sacó de esa humedad y yo le miré con ojos muy abiertos.

Pero no lloraba y parecía que no respiraba. Así que me agarró por los tobillos, boca abajo y me dió un cachete en las nalgas.

Seguía sin llorar y los allí presentes casi me daban por muerta.

Así que el buen doctor probó otra opción. Sumergirme en la pileta de agua fría.

Ahí lloré lo que no está en los escritos.

Quizás por eso odio el agua fría.

 

Esa es mi kriptonita.

O CORVO BARETTA

Nalgún recóndito lugar da miña infancia aínda voa un corvo chamado Baretta. Na miña aldea algunha xente tiña por costume ter corvos coma mascotas. O veciño da miña tía era un deles. Tiña un corvo amarrado cunha cadeniña na pata pra q non liscara. O paxaro erache ben listo e tiña o nome do protagonista dunha serie policíaca que seica estaba de moda naqueles tempos. Gústaballe arrimarse á cancela da súa casa pra axexar á xente que pasaba polo camiño.

Eu, que xa era de pequena moi agarimosa cos animais, lle collín cariño e ás veces collía miñocas ou insectos que gardaba no peto pra darlle de comer. Así foi coma forxouse unha amizade estrana entre un corvo e unha nena.

Case tódolos días o miraba ó pasar á beira da cancela. O corvo asomábase cando o chamaba e eu aloumiñáballe a cacholiña bruñida de negro. Era fermoso o paxaro inda que os seus ollos eran tristes. Baretta non podía voar porque estaba preso. Eu sentía magoa por él e pensaba coa lóxica que só teñen os nenos:

-¿De que sirve ter ás si non se pode voar?

E así matinei un plan de fuxida pra Baretta. Chegou o dia no que non había ninguén nos arredores. Facía sol e o aire estaba cargado de bos presaxios. Saltei o muro de veciño q mantiña preso ó meu amigo. Collín o extremo da cadea que se fixaba na sua patiña cunha argoliña e a ceibei cuns alicates roubados ó meu avó , que gardaba baixo a saia.

Baretta miroume perplexo uns segundos e eu berreille:

-¡¡Veña, fuxe!!

E alzouse sobre ó ceo, deu un par de xiros sobre min e dirixiuse hacia o azul infinito. Non volvín a velo mais. Pero estou certa de que levou unha boa vida.

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LA NIEBLA

Un sonido taladraba su cerebro.
Cientos de mariposas de diferentes colores y tamaños se agolpaban sobre el cristal de la ventana. Sus minúsculas patitas golpeaban rítmicamente: clap clap clap.

Las observó en silencio durante unos instantes que en realidad quizás fueron horas.
Ya el tiempo no fluía de la misma manera dentro de aquel habitáculo oscuro que antes fue considerado su hogar.
Afuera reinaba la niebla, pero los colores de las mariposas hacían aquello un poco más soportable.

Miró al techo y las telas de araña seguían allí. Aquellas arañas tejían sin descanso. De un día para otro ocupaban casi el total de las vigas de madera del salón. Empezó con una en una esquina pero no se atrevió a quitarla porque alguien le había dicho que daba mala suerte.
¿Mala suerte? la mala suerte la acosaba sin tregua. Era como una partida de ajedrez donde siempre ganaba el otro.

Antes de los insectos debía ocuparse de algo más urgente. Se sacó de las entrañas a aquel perro negro y famélico que aullaba cada noche desde lo más profundo de su alma.
Cogió una pala y lo llevo a rastras para enterrarlo en el bosque. El perro gemía pero ella fue implacable.
Para no perderse, fue dejando a su paso una estela de luciernagas que le indicarían el camino de vuelta a aquel caserón desolado.
Después de enterrar al perro, le puso encima de la tumba unas piedras enormes, para que no pudiera regresar.
Y le susurró al montículo:
-No vuelvas nunca más.

Siguiendo el sendero de lucecitas voló a través de la espesa niebla. El frío y la humedad  se le habían colado muy adentro.
Las mariposas esperaban en la ventana. Decidió dejarlas entrar y abrió la puerta. Se colaron estrepitosamente entre murmullo de alas. Devoraron a las arañas y revolotearon por toda la casa, asi que ella pudo por fin desembarazarse de aquellas redes-trampa a golpes de escoba. Luego se metió en la cama buscando envolverse en la ternura de una manta tejida a mano por las manos de su abuela.

“Cuatros esquinitas tiene mi cama y cuatro angelitos me la guardan…”

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Un sonido llegaba desde la puerta. Un frotar de uñas rascando en la madera. El perro negro quería volver a entrar. Pero ella no le dejó.
Nunca más.

BAJO TIERRA NO DESCANSA…Un cuento de posguerra. Capítulo I

Hace muchos, muchos años ocurrió en tierras del Morrazo un suceso que cambió las vidas de las personas relacionadas con él.
Habían pasado ya casi veinticinco desde que terminara la guerra civil pero hay cosas que nunca se olvidan y a veces el pasado vuelve como un viento huracanado que no deja nada en su lugar más que la rabia y la pena.
Sin entrar en consideraciones políticas, no es comprensible ni lógico que tanto tiempo después de una guerra todavía existan fosas comunes que está prohibido desenterrar. Eso significa que esos cuerpos no descansan ni descansarán jamás los familiares, los amigos, las personas que les querían y que no tienen ni siquiera la oportunidad de tener un sitio al que llevarles flores.
Dicen que cuando alguien muere y ni siquiera puedes ver su cuerpo para despedirte, ese dolor te acompaña toda la vida. He pensado muchas veces si escribir o no esta historia, espero que sirva de homenaje sincero a todos aquellos que non han podido decir adiós. Es obvio que no puedo dar nombres ni lugares exactos por respeto a esas personas.

Era la época de sementar las patatas. A primera hora de la tarde Andrés se fue a trabajar las fincas y cuando ya llevaba un buen rato haciendo surcos para las semillas, de pronto su azada dió con algo que ofrecía resistencia. Se agachó delante de aquel cúmulo de tierra y vió un trozo de tela que sobresalía. Cavó alrededor con las manos y descubrió con sorpresa que allí había un cadáver.
Por su cabeza pasaron mil ideas. Historias contadas en tiempos de guerra. Personas del pueblo que habían sido asesinadas con la complicidad de la noche oscura y nadie había sabido nunca donde estaban sus cuerpos.
Le entró pánico y no supo que hacer, así que decidió volver a taparlo, marcar el lugar exacto e ir a ver a su vecino y mejor amigo para pedirle consejo.
Javier había sido maestro. Republicano. Su pecado haber creído que su país podría ser un lugar que habitar con orgullo, donde todos tendrían las mismas posibilidades y no habría esas grandes diferencias sociales heredadas de otros regímenes óscuros y nefastos. En tiempos de guerra, tuvo que huir con lo puesto en cuanto le avisaron que alguna noche de aquellas alguién iría a buscarle. Regresó años después pero todavía tenía miedo. Mucho miedo.

Esa tarde Andrés entró en su casa y sin ni siquiera saludar, le soltó:
-He encontrado un cadáver en mi finca. Creo que es uno de los que desaparecieron en tiempos de la guerra, cuando aquellos chulos falangistas de Cangas vinieron y se cargaron a unos cuantos, ¿te acuerdas?.
Javier asintió. Claro que se acordaba. Aquella noche él pudo haber sido uno de los muertos, pero huyó antes de que lo cogieran y gracias a unas amistades consiguió salir del país. Hizo memoria y recordó los nombres de aquellos vecinos del pueblo que habían desaparecido aquella noche. A dos de ellos los mataron detrás del cementerio. A otro en un camino cerca de la Escuela pero había dos más.
Sin mediar palabra los dos amigos se dirigieron a la finca. Ya estaba atardeciendo. Con mucha discreción se acercaron al lugar marcado y cavaron con las manos hasta conseguir desenterrar el cuerpo casi del todo. Buscaban algo que les dijera quien era.
A pesar del tiempo transcurrido la ropa que llevaba el cadáver estaba casi intacta, aunque el cuerpo era ya sólo un amasijo de huesos. Imposible reconocerlo. Pero quizás aquella chaqueta de lana verde sí sería reconocida por alguien.
Pensaron y discutieron sobre la magnitud del hecho. Que podrían hacer. Desde luego nada de llamar a la Guardia Civil. Seguramente se llevarían el cuerpo para enterrarlo en cualquier otro lugar y nunca más se sabría del asunto. Pero eso no sería lo correcto. Si quedaban familiares del muerto necesitaban saberlo y darle por fin una sepultura adecuada.
A Javier la chaqueta verde le resultaba familiar. Le contó a Andrés, que era algo más jóven, que se decía que a dos hermanos del pueblo los habían asesinado la misma noche. A uno lo encontraron cerca de la Ermita pero del otro nunca más se supo. Se decía que había intentado huir cuando los llevaban hacia el río, detrás de la iglesia, pero que luego le dieron caza y le mataron como a un perro nadie sabía donde exactamente.
La finca de Andrés quedaba cerca de la iglesia. A varios metros. Así que era probable que ese cuerpo fuera el de Manuel, el desaparecido. Ahora tendrían la dura tarea de ir a hablar con la familia para que uno de ellos viniera a reconocer el cadáver.
-Creo que debo ser yo el que hable con su familia. Se lo debo. Yo podría ser uno de los muertos si no hubiera huído a tiempo.-dijo Javier.

Andrés aceptó y pensaron como hacerlo sin que nadie más supiera lo que pasaba. Así que decidieron que lo más conveniente sería dirigirse cuanto antes a la casa de los Gil, que quedaba en la parte alta del pueblo y que uno de los familiares bajara a la finca para intentar reconocer los restos.

El camino que normalmente harían en poco más de cuarenta minutos, se les hizo eterno. Javier le fue contando a Andrés lo que sabía de los hermanos Gil.
Se llamaban Tucho y Manuel. Los habían denunciado por una cuestión de envidias y lindes, por rojos, como si llevar un color en el corazón pudiera ser un delito. Los sacaron de casa a rastras y a golpes. Les ataron las manos y los obligaron a caminar delante de sus verdugos en el silencio de la noche. Eran de una familia que vivía cerca del monte. Gente humilde que se dedicaba a labores del campo. Su padre murió poco después del crimen, seguramente de pena y su madre que ya era muy anciana hacía años que no salía de su casa. Quedaba una hermana, Líbia, con marido e hijos, que era una adolescente cuando ocurrió lo de los chicos.

Por fin llegaron. Se quedaron parados delante de la puerta sin atreverse a llamar. Hasta que Javier miró a Andrés a los ojos, asintió, tragó aire y tocó el timbre.
Una mujer abrió la puerta. Era Libia. Javier le dijo:
-Buenas tardes. Tenemos que hablar de un asunto delicado, ¿podemos pasar?.
Entraron hasta la cocina. Había dos niños jugando en el suelo. La madre los mandó salir y se sentaron a la mesa Libia, su marido, Javier y Andrés.
Javier les habló de lo que habían encontrado. Libia lloraba en silencio sin decir palabra hasta que se nombró la chaqueta verde.
-Manuel llevaba una chaqueta verde la noche en que…Lo recuerdo como si fuera ayer. Quiero verlo. Voy con vosotros. No le diremos nada a mi madre, que está muy enferma, hasta que sepamos si es mi hermano.

Hicieron el camino de vuelta sólo los dos amigos y Libia. El marido de ella, Sebastián, se quedó con los niños. Por fin llegaron a la finca. Andrés le mostró el sitio exacto y comenzaron a cavar con cuidado. Ya estaba anocheciendo. Al aparecer los huesos y lo poco que quedaba de aquella chaqueta verde, Libia comenzó a buscar con las manos un objeto que ella sabía que su hermano llevaba siempre. Una cadena de oro con una medallita que todos los hermanos usaban desde niños porque era un regalo de su madre. Y la encontró. La limpió un poco con la tela de su vestido, se desabrochó un par de botones del cuello de la blusa y allí estaba la que ella llevaba, exactamente iguales.
Estaba claro. Era Manuel.
-Es mi hermano. Estoy segura. Me gustaría llevarlo a mi casa. Velarlo toda la noche y luego enterrarlo debajo del cerezo, le gustaban tanto las cerezas…Tengo que hablar con mi marido, decírselo a mi madre. Lo mejor será que vengamos a buscarlo esta noche, de madrugada, sin que nadie nos vea. Tengo que hacer ahora lo que no nos dejaron hacer antes. Ya lloraré más tarde.

Libia era fuerte. No quiso que la acompañaran de vuelta a su casa. Al llegar abrazó a su marido, le contó lo de la cadenita, que ella llevaba apretada entre sus manos y fue a hablar con su madre. Erundina llevaba algunos años postrada en la cama. Lo único que la mantenía con vida era la esperanza de encontrar a su hijo.
-Mamá. Ha venido a vernos Javier el maestro,¿le recuerdas?. Su vecino Andrés, ha encontrado un cuerpo cavando en la finca. He ido a verlo y es Manuel. Tenía la cadena que tú le regalaste. Iremos a buscarlo en unas horas, cuando no haya gente por los caminos. Lo traeré de vuelta a casa, mamá, no te preocupes por nada. Traeré a mi hermano.

Y así fue como esa noche Libia y su marido bajaron a casa de Andrés. Ella llevaba una funda de almohada bordada a mano, de su ajuar de novia. Le había cosido uno de los extremos con puntadas de cariño. Entre los cuatro, en total silencio y sólo con la ayuda de una linterna, recuperaron los restos de la tierra. Los metieron en la funda blanca. No era posible conseguir un ataud con tan poco tiempo y además eso les delataría.
Andrés y Manuel les pidieron acompañarles en el duelo, asi que todos juntos volvieron a la casa de los Gil. Allí les esperaba la madre, de pie en la cocina, apoyada en un bastón. Era increible que aquella mujer se mantuviera en pie con lo enferma que estaba. (continuará)

PROSAS EXTRAÑAS Y SONETOS RAROS

II.

La noche se derrama
como un líquido viscoso
que quiere lamerme los pies desnudos
y yo tengo miedo.
La noche se atrinchera
en las esquinas de una ciudad
tan oscura como las esquinas
de este cuarto donde no me encuentro,
ni agarrándome a las paredes.
Ni el faro más poderoso de este mundo
podría iluminar
una noche tan angosta,
tan fría,
tan negra.
Y sólo porque no estás.

PROSAS EXTRAÑAS Y SONETOS RAROS

I.

Cerca de ti mi sangre se licua.
Como la sangre contenida en cierta ampolla de cierto santo,
que veneran desde hace siglos en aquella iglesia de Italia.
Pero ésta vez no es un milagro. O quizás sí.
Es esa extraña reacción química que algunos llaman Amor.

UN ÁRBOL

Chapotear en los charcos puede ser un acto de fe
mucho más efectivo que tomar esas pastillas
que recetan los de la bata blanca
que poco conocen de los entresijos del alma.

Usar paraguas de colores para contrarrestar
tanta fealdad de cemento,
y que el agua se emocione con tanto derroche de color,
que te empapes y que no te importe…
es sin duda un acto de amor.

Huir al bosque.

Que abraces a un árbol y que sientas
toda la vida resumida en un ser de madera,
es lo mejor que te puede pasar
para algún día llegar a ser un aprendiz de pájaro.
Un mutante coleccionista de palabras.
Depredador de emociones.
Mago de pócimas florales y unguentos mágicos.

Si sopla el viento y desde tu ventana,
tras el cristal de tu castillo de metal,
observas como el árbol,
ese que abrazas los domingos,
se estremece
y tú te estremeces con él…
entonces es que ya sabes volar.

EL ASEDIO

La piel.
Esa frontera que marca un límite
que me contiene,
para que no me evada demasiado
por cielos nublados
o caminos por donde brotan las silvas.

Mi piel.
Esa piel que te reclama.
Que pide a gritos ser acariciada.
Contesta a la llamada y ven.
Sométeme a asedio,
entabla batalla
y deja que me rinda apenas
al final.

Luego discutiremos pormenores
de tiempos de guerra.
Llegaremos a acuerdos,
firmaremos pactos
y estableceremos una tregua.

ELLA

Ella buscaba un equilibrio precario
en resolver crucigramas.
O en ordenar armarios que no acaban de quedar ordenados.
Pero tambien intentaba atrapar el azul que estaba tras el cristal.
Retenerlo por siempre en la mirada.
Por eso a veces deseaba romper aquellas ventanas,
sólo para que llovieran miles de cristalitos
que le devolverían la emoción…de una lluvia de verano.
O eso o otro bucear en un libro de Cortázar.
Ese remover el alma por dentro como si fuera un ciclón.
Ese empeño en recibir cartas que nunca llegaban.

Ella leía los periodicos del revés.
Y con días de retraso.
Quizás era esa su manera de parar el tiempo.
Utilizaba esparadrapos para pegarse a la pared
como un retrato del pasado en sepia.
El té siempre estaba frío.
Sin embargo sus manos eran cálidas y curaban males
que no eran de este mundo.
Cousasdevolvoretas

SUEÑO

Sueño en technicolor.
Con prados verdes cubiertos de flores.
Con castillos en la cima de las montañas.
Con árboles que bailan al son del viento.

Sueño en Cinemascope.
Con manos que acarician.
Con labios que besan
y susurran palabras bonitas.
Sueño contigo.

Sueño en Dolby Surround.
Sueño que vuelo.
Tan alto que paro en las nubes a descansar.
Desde arriba todo es distinto
pero es igual.
Desde arriba me veo pequeñita y libre.
Como los pájaros.

Sueño en estéreo.
Sueño con música.
De piano. De violín.
De guitarra española.
De arpa.
De gaita.
Sueño que alguien me canta para que duerma.
Y ya no tengo miedo.
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